Hace ahora un año, andaba en Mullhouse, una "entrañable" (fijáos bien en las comillas) ciudad del norte de Francia muy cercana a Basilea, cuna de dos de los más afamados arquitectos actuales: Herzog y De Meuron, y también ciudad icono de la arquitectura suiza, pero también muy cercana (40 km) a Ronchamp, lugar donde uno mis arquitectos favoritos construyó una de sus obras maestras. Estoy hablando de Le Corbusier y de la Capilla de Notre Dame du Haut.

Llegar hasta Ronchamp desde Mullhouse es sencillo, pero no lo intentéis desde el oeste, la carretera os ayudará poco... El pueblo está en el valle, a los pies de montes y montañas bajas, sobre una de ellas y visible a varios kilómetros de distancia gracias a su color blanco se encuentra la Capilla. Ésta destaca por estar en lo alto de un monte rodeado de bosque que es atravesado por la carretera que nos lleva hasta la cima. Las ansias de ver lo que desde hace kilómetros se busca no desaparecen debido a que una pequeña tienda junto al aparcamiento y la arboleda ocultan cualquier visión arquitectónica. Tras el pago de la entrada (somos los únicos en el mundo que no cobramos por ver nuestras maravillas...) ascendemos a pie por un camino empinado y zigzageante. Dejamos a la izquierda un pequeño edificio, también de Le Corbusier, que cumplía las funciones anexas a la capilla. Y, recorridos unos metros, aparece ante nosotros la blanca capilla. Os aseguro que es una sensación muy especial encontrar un edificio así en medio de la naturaleza. Extrañamente no vas directo a la puerta principal que da acceso al edificio y que se sitúa frente al camino, sino que tiendes a rodear la construcción buscando un punto final, un muro, un saliente, un elemento que te obligue a parar dando vuelta y media alrededor a la capilla, sin quitarla un ojo de encima, antes de entrar definitivamente.

La Capilla por dentro parece pequeña, pero todos los rincones, las grietas, las ventanas, el mobiliario, las torres, o los diferentes ambientes que hay crean en ti la necesidad de aprenderlo todo, de querer capturar cada ángulo de visión y cada pequeña gota de color que salpica el espacio a través de las vidrieras (de esto dan muestra las 300 fotos que hice). Una vez saciada la emoción que te atrapa, el vértigo se calma y entonces también se disfruta del silencio y la tranquilidad que lo inunda todo.

Extrañamente, y pese a la espectacularidad del entorno dónde se encuentra la obra, no somos conscientes del mismo hasta que no hemos saciado nuestra visión de arquitectura. Recuerdo que está capilla tiene un uso ocasional y es el final de una peregrinación, en este caso, religiosa, que culmina con una celebración en lo alto del monte celebrada en el altar exterior hacia la campa verde de hierba suavemente moldeada por el tiempo y también por el lápiz del autor. Una vez fuera, es entonces cuando se hace memoria de todo lo visto, intentando grabar todo en este disco duro que tenemos por cabeza.

Aunque no soy muy bueno en esto, espero haberos podido transmitir algo de lo que sentí, pero si no ha sido así, aquí os dejo un enlace con una muy buena descripción que he leído sobre esta capilla, escrita por J. Stirling.
Hasta otra.